La mujer es menuda. Su aspecto es impecable: chaleco polar de color verde, pantalón al tono y pañuelo al cuello. Ahora está en la casa de Andino Grahn, presidente de la Sociedad Rural del Neuquén y amigo de la infancia. Allí contará su historia.
Apoya sus manos en la larga mesa de la sala y mira lentamente alrededor. "Recuerdo esta mesa. Vos sentado allí, Andino, tu padre y yo. Todos comiendo yogur…Eramos tan unidos y teníamos tantas ganas de progresar."
María Estela Trannack -Marie, como todos la conocen- tiene 86 años, vive en la estancia Los Helechos, en lago Huechulafquen, y es hija de Arturo Trannack, uno de los hombres que forjó a Zapala como ciudad. En su memoria, los recuerdos permanecen intactos. Aún recuerda a su padre, mirándola desafiante con sus ojos azules y llamándole la atención si llegaba tarde a la hora del almuerzo: "Si no llegábamos en punto para comer, nos fulminaba con la mirada", afirma Marie. Aún recuerda a Mercedes Bascur, su madre, levantando sola un techo de junco en su pequeño rancho. "Lo levantó ella solita. Y cada vez que había plata, mi dady (así, en inglés, Marie se refiere a su padre) le hacía otra piecita al rancho", cuenta.
Aún recuerda a su hermano Ricardo, compañero inseparable en los viajes de la familia: "Para llegar desde Zapala hasta la punta del lago debíamos atravesar 32 tranqueras, porque el camino pasaba por las estancias, cuenta. Con mi hermano tirábamos la moneda para saber quién empezaba a abrir la primera. La que a mí más me gustaba era la de Catan Lil, porque era de esas que van y vienen."
La vida de los Trannack en Neuquén comienza en 1903. Pero la historia de su travesía -reconstruida para esta nota por Marie, a través de los escritos de un diario íntimo de su abuela paterna- arranca a fines del siglo pasado.
"Los primeros en llegar a Argentina fueron mis abuelos paternos. Mi abuelo era médico en Londres, hijo único, y su padre le dejó una tremenda fortuna al morir, cuenta Marie. Le había dejado tres barcos en Canarias y mi abuelo se fue primero a ver qué eran estos barcos. Vendió dos y se quedó con uno. Con ese que conservó, se fue con mi abuela y su tripulación a Sudáfrica, porque allí tenían un gran campo. Pero no le gustó y también lo vendió."
Ricardo Trannack ya había vendido parte de su flota y sus tierras. Según Marie "tiró su carrera y no sé en qué momento se le ocurrió ir a ver a Londres los remates de tierra que se hacían para venir a poblar la Argentina. Levantaban la mano y andá a saber dónde te tocaba… Y se ve que a él le tocó Zapala", supone entre risas la nieta de Don Ricardo.
Eran los finales del siglo XIX y los Trannack anclaban en la costa de Quilmes.
-¿Cómo comenzó entonces la historia de su familia en Argentina?
-Mi abuelo vendió todo lo que tenía en Inglaterra y se vino en su propio barco, con su familia y diez perros de distintas razas, gallos de riña, un padrillo… todo lo que tenía. Llegaron a la costa de Quilmes, donde estuvieron dos años, haciendo todas las carretas -como las que usaban en Estados Unidos- para emprender el viaje. Así fueron bajando.
La primera ciudad que pisaron fue Rosario y de ahí, seguieron hacia el sur.
Marie continúa la reconstrucción del itinerario de su familia a través de una vieja carta de viaje que conserva de su abuelo: "Según ese mapa, llegaron a Bahía Blanca y recién desde ahí fueron hasta Río Colorado", explica la mujer.
Finalmente, en 1903, Ricardo Trannack se instala en Zapala. Tenía 5 hijos y comenzaba a convertirse en uno de los forjadores del crecimiento de aquel pueblo de la Patagonia Argentina.
Don Ricardo se instaló en Zapala con su esposa Marie Cleventon, sus tres hijos varones -Tomas, Arturo y Bertie- y sus dos hijas, Maud y Lois. Había llegado con 2000 vacunos y 1000 yeguarizos, hacienda que fue comprando casi como defensa, "justamente porque venían detrás de la conquista de Julio Roca, explica la señora Trannack. Mi abuelo pensó que debía haber muchos indios y que eso era peligroso para mi abuela y sus hijos. Entonces se dijo: 'Si vienen, que coman lo que quieran'."
Marie Cleventon de Trannack era una famosa pianista reconocida en la sociedad londinense, que todas las noches hacía ejecutar instrumentos a sus hijos para que no olvidaran los conocimientos que habían adquirido en Inglaterra. Así, cada jornada terminaba con un concierto de la familia, interpretado por una orquesta en la que sonaban un violloncello, un violín, un cello, una flauta y, por supuesto, el piano. "Ella los hacía practicar todas las noches. Un día, papá estaba muy cansado, porque había estado arreando todo el día, así que tiró su violín en el Río Colorado y se hizo pedazos. Para colmo era un Stradivariuos!", cuenta Marie y continúa el relato: "En la libreta de mi abuela ella escribe que cuando llegaron a Chel Foro estuvieron ahí como un mes y medio, esperando a mi abuelo porque necesitaban plata para seguir y para comprar víveres. En esa época venía de nuevo Roca, habiendo dejado al ejército en Las Lajas. El vio todos estos campamentos y se acercó a ver de qué se trataba. Mi abuela lo convidó a cenar y le dio un concierto".
Ricardo Trannack y Marie Cleventon murieron al poco tiempo de llegar a Zapala. Tenían poco más de 50 años y fallecieron en el mismo mes. Al tiempo, Tomas, el hijo mayor del matrimonio, murió de peritonitis, luego de que el farmacéutico del pueblo intentara operarlo leyendo las instrucciones en un antiguo libro de medicina de Don Ricardo. Los hijos se dividieron las tierras.
-¿Como siguió entonces la vida de su padre?
-Mi padre siguió en Zapala. Fue su centro principal. Después compró Los Helechos en la zona de Huechulafquen -campo que administro actualmente y donde criamos Aberdeen Angus- y mucho después, La Gotera, en Aluminé.
-¿Cómo fue la colaboración de su padre en la construcción del Ferrocarril?
-En una época fue vaqueano de los ingenieros que lo estaban construyendo y él era quien llevaba el dinero que mandaban de Inglaterra, justamente a los ingenieros que paraban en Lonquimay. Viajaba todos los meses con liras esterlinas para pagar allá. Siempre lo hacía de noche y con un solo caballo, para evitar asaltos. Una noche pernoctó en este puesto, donde hoy está Los Helechos. Cuando lo vio, papá se enamoró. Supo que pertenecía a dos ingleses que lo querían vender, y así fue como lo compró en el año 1916.
Durante uno de esos viajes hacia Lonquimay, Arturo Trannack no sólo se enamoró de las tierras. También se enamoró de Mercedes Bascur, hija de los dueños de la hostería en la que se hospedaba cada vez que paraba en Chile. Se casaron en 1915 y tuvieron cuatro hijos: Verónica, Ricardo, María Estella (Marie, testigo de esta historia) y Lois.
En el campo, toda la familia trabajaba a la par: "Recuerdo que éramos chiquitos y copiábamos lo que ellos hacían, dice Marie. Si estaban esquilando, agarrábamos al pobre gato y lo hacíamos. Siempre fuimos muy compañeros."
Las fiestas en la Sociedad Rural del Neuquén -de la que su padre fue socio fundador y Presidente en el segundo período, después de Douglas Reid- forman parte de los mejores recuerdos de Marie: "Nos preparábamos todo el año para esos diez días de fiesta. Mi padre había hecho tablones largos con caballetes. Y los ingenieros ingleses le habían regalado tremendas carpas, que se levantaban como armazón para proteger la parte del almuerzo. Con mamá, en un baúl grande, llevábamos de todo: vajilla, vasos, una bolsa de papas, una de zanahorias y una de cebollas. En aquella época todos traían corderos u ovejas para vender. Muchos se dejaban para el consumo, otros para la venta y otros para el mejor cordero faenado. Había mucho espíritu de ayuda y unión."
En la región, Trannack también fue el primero en tener automóvil. Era un FN belga modelo 12, todo de bronce. "Recuerdo que ni sabía manejarlo, confiesa Marie. Cuando lo trajeron de la estación, papá leía el manual. Un día, en la Bajada del Manzano, agarró vuelo, cayó en un arroyo y se agarró del volante como si fuera el caballo. Decía que era duro de boca…"
Arturo Trannack vivió hasta los 92 años y dejó en Neuquén un importante legado, que fue parte de su sueño cuando conoció Zapala. Dice Marie: "Cuando mi abuelo llegó a Zapala, la ciudad no existía, pero él ya la tenía en mente. Y sus hijos cumplieron con eso. Yo tuve la satisfacción de poder llevar a papá, con 92 años, arriba, para que mirara hacia abajo la ciudad que había construido. Le dije: 'Mire Dady, qué obra que ha hecho'. Y el respondió: 'Qué lástima que mi hermano Tom no lo puede ver. Esta ciudad fue nuestro sueño'."