El comienzo de una aventura

Santiago de Larminat

En el año 1909, veinticuatro años antes de que se fundara la Sociedad Rural del Neuquén, pisaba las tierras del sur de la provincia en cercanías a la ciudad de Junín de los Andes un joven llamado Santiago de Larminat. Llegado de Francia pasó por Buenos Aires y Mendoza, pero como no lo conformaron esos lugares decidió seguir junto a algunos compañeros camino hacia el sur. Fue así que descubrió lo que hoy es la estancia Cerro los Pinos.

De Larminat fue a ver enseguida al Juez de Paz de Junín de los Andes con un claro objetivo: comprar unas 15 mil hectáreas que se vendían allí. Tuvo que cabalgar a Santiago de Chile, donde compraría esas tierras, pero al arribar a la capital chilena le informaron que con sus 19 años, al ser menor de edad, no podía comprar ese campo hasta que cumpliera 22. Inmediatamente le escribió a su hermano mayor para que viniera desde Francia y firmara la escritura. “Así comenzó esta historia”, dijo Andrés de Larminat recordando los pasos de su padre, sobre quien se presentará a fin de año un libro con historias y fotografías.

Luego vinieron otros hermanos, que volvieron a partir a Francia para pelear en la guerra del ‘14. Dos de ellos, Andrés y Bernardo, murieron allí. Una de las historias familiares que marcan el espíritu de estos pioneros cuenta que cuando Santiago y Andrés fueron a participar de la Primer Guerra Mundial, debieron en agosto navegar desde el Chimehuin los ríos hasta llegar a Neuquén para comenzar de otra manera el viaje al antiguo continente.

“Después de la guerra -relata Andrés- mi padre se casó con una señorita que era hija de un coronel francés: Magdalena, mi madre. Tenía 19 años, once menos que papá. En 1920, ya casados, volvieron a estas tierras. Tenían un rancho de barro con fogón, e hicieron la casa de madera que aún está en el casco de la estancia. El camino que venía de Junín, en ese tiempo estaba del otro lado del río.”

Compromiso con la tierra

Andrés de Larminat hoy tiene 81 años y recuerda su juventud en el campo con gran entusiasmo. Es que nació en la estancia donde hoy vive, a los 12 años se fue a estudiar a Luján y a los 19 volvió a Junín. Tenía 11 cuando se fundó la Sociedad Rural del Neuquén, y desde 1945 formó parte de la Comisión Directiva.

El se encargó junto a su padre de esta estancia y, de sus 11 hermanos, tres murieron de niños “porque en aquella época no había médicos por la zona”, recuerda. “Ahora somos dos varones y seis mujeres, de las cuales cuatro viven acá”, añade, para aclarar que los hermanos de su padre terminaron yéndose nuevamente a Francia porque sus mujeres no se adaptaron a este rincón de la Patagonia, donde escaseaban los caminos, no había puentes para cruzar los ríos, los inviernos eran crudos y el viento levantaba las piedras. “Menos a mi madre, que andaba con el piano que trajo con un carro de huella desde Neuquén”, sentenció. “Ella llegó a Cerro Los Pinos y le gustó mucho el lugar por el clima, la tranquilidad y el trabajo. Pensar que no había nada, ni siquiera alambrado, era todo a campo abierto”. Quienes los conocen desde siempre, saben que esta mujer se quedó sobre todo por su incondicional amor a Santiago de Larminat.

Otro de los que se quedó en la zona trabajando el campo fue su hermano Esteban que se asentó del otro lado del río y tuvo siete hijos.

Primeros pasos

Cuando se fundó la SRN su tío Roberto fue parte de la Primer Comisión Directiva. “En esa época no había barreras, por lo que se vendía todo el ganado a Chile, íbamos a Temuco que era más barato que ir a Neuquén o a Bahía Blanca. Además, los compradores de ese país se iban a Esquel y comenzaban a subir la cordillera. Llegaban acá con tropas de 3 o 4 mil vacunos que largaban al campo”, aclara.

Después comenzaron distintas políticas en nuestro país que fueron cambiando esta actividad: “Primero la prohibición, cuando los frigoríficos se levantaron y pidieron que las carnes que salían de Argentina pasaran por los frigoríficos. En ese entonces, casi todos los estancieros de acá compraron campo en La Pampa o en Bahía Blanca, para sacar los excedentes, porque el mes de mayo era crucial en el campo a causa de las grandes nevadas. En esos años había que sacar nieve con palas y teníamos días de 21 grados bajo cero”. Entusiasmado, Andrés de Larminat continúa: “Además para arriar los animales hasta el tren de Zapala teníamos unos 17 días de tropa y otros 12 para volver con la gente. En un tiempo tuvimos producción de lanares, pero como bajó mucho el precio a causa de la superproducción de Australia, inundando todo el mercado, nos obligó a resistir un tiempo con dicha producción para luego volcarnos por completo a los vacunos”. La realidad australiana sumada a las retenciones sobre las exportaciones que llegaron hasta el 65% del valor de la lana, fueron los factores que llevaron a terminar con más de 60 años de trabajo donde la lana fue lo más importante de la economía de la estancia, que había logrado un reconocimiento internacional.

Pruebas, errores y más pruebas

“Al principio, mi padre compró un tractor, excedente de guerra, para trigo. Resultó que el trigo se daba muy bien pero las heladas eran muy peligrosas porque en primavera quemaban las flores del trigo y no se cosechaba nada. Se daba un año bueno y dos malos, hasta que abandonamos la agricultura. Además son tierras muy livianas y como en la primavera hay mucho viento, se volaba todo. Lo mismo pasó con las papas, que solamente un año sacamos una buena cosecha de 300 mil kilos”, relata Andrés.

En cambio, dice, la forestación comienza después: “Nuestra familia tenía una tradición forestal de siglos. De hecho un bisabuelo nuestro fue Jefe de los Bosques Reales de Francia, por lo que trabajó junto con el rey Carlos de Francia y, entre otros, hizo el parque de Fontainebleau, junto a Napoleón.”

Luego añade que “el interés por los árboles fue tan grande para nosotros que trajimos semillas de 140 especies que plantamos en distintos viveros. Empezamos a forestar hace más de 90 años, primero para formar cortinas cortavientos y luego para bosques de producción. Las que tenemos detrás de nuestra casa son del año 20. En nuestras tierras hay árboles que no hay en otro lugar de la Argentina.”

La historia continúa

Cuando terminó la guerra del 45, Andrés de Larminat volvió a Junín junto a su hermano Bernardo para trabajar la tierra con su padre. Bernardo tuvo diez hijos y el protagonista de esta historia, tres: Miguel, Pedro y Pablo. Bernardo se ocupó de otras tierras y campos en el país, mientras que Andrés trabajó siempre Cerros Los Pinos, como opción y proyecto de vida.

Andrés de Larminat donó a la provincia, por ejemplo, las tierras donde hoy está el aeropuerto Chapelco. Siempre comprometidos con el desarrollo de esta región, esta familia apostó con pasión y trabajo en los años más duros, desde el inicio del siglo pasado. Y es en estos tiempos, es la tercera generación la que tomó la posta y el desafío de seguir construyendo, al tiempo que la cuarta generación, algunos ya adolescentes, se están preparando con el mismo amor para seguir desarrollando las tareas en estas tierras del sur del Neuquén.