Andino Grahn

Heredó de Enriqueta y Constantino Enchelmayer -sus abuelos maternos- la fortaleza para enfrentar las dificultades de la vida rural: falta de caminos, largos arreos, crecidas y nevadas. Bertil y Elly -sus padres- continuaron estimulando con el ejemplo ese espíritu firme y duro que debe tener todo hombre campo. En su familia, los avatares del trabajo en la estancia fueron relatados como ejemplo de generación en generación. Para él, Andino Grahn, que creció en épocas de la post guerra -aún sin buenos caminos, sin comunicación y afrontando los caprichos del clima de la Patagonia- resultaba admirable escuchar a su madre, cuando le contaba que a principios de siglo sólo una vez al año podían pedir insumos: “En esa época mis abuelos tenían bastantes ovejas y tenían tropa de carro, en la que se mandaba la lana a Zapala, porque no había camiones, relata Andino, mientras convida un mate sentado en la pequeña oficina de su estancia, ubicada camino a Tromen. Traían una vez por año todo lo que hacía falta para el resto del año. Me contaba mi madre que mi abuela le ataba una libreta con un lápiz al cogote para que anotara todo lo que hacía falta, para que no se olvidara, si no, debían esperar un año más.”

La anécdota resultaba una odisea para Andino, que había llegado al mundo en 1934 en un parto asistido por su propio padre: “El único doctor que había por esos días era Koessler, en San Martín de los Andes. Lo mandan a llamar, viene a caballo -porque no había otra cosa en esa época- y la revisa a mamá; le dice que le faltaban como dos semanas, pero a los dos días nací yo y papá fue el partero”, cuenta Andino entre risas.

Hoy, Grahn es Presidente de la Sociedad Rural del Neuquén, entidad en la que su apellido es tradición: su padre fue Presidente durante tres períodos, mientras que él mismo fue Vicepresidente durante ocho años y Presidente por otros siete a lo largo de distintos períodos. Sus cuatro hijos -Josefina María, María Gabriela, Bertil y Juan Cruz- también aprendieron los oficios del campo y todos están vinculados a la actividad agropecuaria. Actualmente, Andino está al frente de la estancia Mamuil Malal, ubicada camino a Tromen. Allí trabaja en ganadería -el legado más importante que le dejó su padre- y en forestación.

Primeros pobladores

Los primeros Grahn en llegar a suelo argentino fueron los abuelos maternos de Andino. Enriqueta -hija de alemanes- y Constantino Enchelmayer -un chileno criado en Argentina y nacionalizado a temprana edad en nuestro país- pisaron estas tierras en 1889. Se instalaron en Sañecó y dos años después se trasladaron a Mamuil Malal, donde tuvieron su primer lote. Ya era 1892. “Se instalaron en una ensenada muy linda, a unos 1.000 metros del río –reconstruye la historia Andino. Hicieron las primeras casitas de pared francesa. Se decía así porque eran de barro y caña colihue, y los techos eran de carrizo, porque no había forma de traer material de ninguna clase. Pero el primer año llovió tanto en el invierno que creció el río y se les inundó la casa, así que tuvieron que mudarse más arriba, que es donde está la estancia actualmente.”

Los contactos fluidos de Don Constantino con Chile permitieron al matrimonio traer varios insumos desde el país vecino. Con el tiempo, a esa primera casita precaria que habían construido, la fueron forrando con madera y lograron cambiarle el techo de carrizo por unas modernas tejuelas, todos materiales que traían en cargueros y carros de buey desde el otro lado de la cordillera. Andino continúa: “Esto era a principios de siglo. Las primeras haciendas vacunas las trajo una tropa de Bahía Blanca de 650 vaquillonas (le decían Duram que es el Shorton actual). Mi abuelo trajo una tropa que tardó unos tres meses y medio en arriar él mismo, y una segunda tropa, que demoró otro tres meses más. En ese momento ya tenían tres hijos: una tía mía que era la mayor -que en ese momento tenía 14 años-, un hijo de 11 y mi madre, que en ese momento tenía 7 años. Cuando mi abuelo volvió de arriar esa tropa se sintió mal. A los 10 días, más o menos, se acostó y amaneció muerto”. Enriqueta, la abuela de Andino, se quedó con sus hijos en la estancia y siguió mejorando la hacienda. Tenían bastantes ovejas y tropa de carro, en la que mandaban la lana a Zapala.

Un gaucho sueco

El árbol genealógico de Andino Grahn siguió echando raíces en Argentina. En 1921, Bertil Grahn, su padre, llegó a nuestro país en busca de un futuro mejor. Era sueco, tenía 26 años y había estado alistado en el ejército de ese país durante la Primera Guerra Mundial. Don Arturo Trannack se convirtió en su maestro: Bertil trabajó con él y aprendió así todos los menesteres del campo. Tres años después, en 1924, se casó con Elly Enchelmayer -con quien tuvo tres hijos: Birgitta, Astrid y Andino- y arrendó el campo de su suegra Enriqueta, quien finalmente se fue a vivir a Valdivia.

“Papá siguió con la hacienda, cuenta Andino. Empezó a hacer los primeros Hereford en el ’24 y los crió hasta llegar a los puros por cruza. Se crió Hereford -como pasó en toda la zona- porque todo lo gordo se vendía a Chile una vez por año y se entregaba en la frontera. El tema es que el impuesto que había -cuando ya empezó la aduana- era por animal, entonces a los chilenos les interesaba el que más pesaba, ya que le representaba menos impuesto. Fue por eso que se fue más a la crianza de Hereford: era un animal más grande.”

En esa época también se hizo el primer criadero de zorros plateados del hemisferio sur, que lo trajo Grahn en 1929. Importó los zorros desde Canadá a Buenos Aires, de allí a Zapala y luego a Junín. “Esto se le ocurrió por un amigo peletero de Suecia. El hijo de ese señor era compañero de papá, vinieron juntos a la Argentina y él lo entusiasmó con lo de los zorros. Llegó a tener 170 madres. Era una cosa importante. Todo se exportaba”, recuerda Andino. El negocio anduvo bien hasta el ’44 o el ‘45, después de la segunda guerra. En tiempos de plena guerra, con la grave situación de hambre que se vivía en Europa, se cerraron todos los criaderos porque no había comida, de manera que se había inundado la plaza y hubo que liquidar porque pasaron a no valer nada.

Andino retoma el relato de la historia: “Cuando termina con esto, estaba en el mismo problema: las cosas pasaban de valer a no valer. Por consejo de este mismo amigo suyo, comenzó a criar Karacul, que es la raza de ovejas que produce el Astrakan, y eso cobró mucho valor desde 1946 hasta los años ’70. Un cuero de primera valía lo mismo que una vaca gorda.”

-¿Y acá en la zona, ¿seguían el ejemplo de su padre?

-Mucha gente empezó con el Karacul, aunque otros no, porque acá eran muy laneros, pero como cuando empezó papá no tenía ovejas, se tiró a esto. Además, este amigo peletero, de acuerdo a la moda que venía de Europa, le iba diciendo qué cuero tenía que sacar: si rulo más fino o más grueso… Después de la guerra, del ‘50 para adelante, pudo importar durante varios años carneros de Alemania, que se los compraba allá este amigo. El hacía inseminación artificial en las ovejas, con el doctor Cano, que venía acá en el mes de mayo, con la nieve alta. Era un trabajo bestial, pero realmente papá era muy innovador en esas cosas.

-¿Y ese negocio prosperó?

-En los años ’68 y ‘69 este amigo le dijo: “Vendé todas tus ovejas, porque la moda cambió.” Entonces el Astrakan pasó a no valer nada y hubo que liquidar todo el plantel.

Tercera generación

Andino Grahn se había casado con María Josefina Sempere en 1961, diez años antes de la muerte de su padre. Durante los primeros tiempos, mientras Don Bertil vivía, él se ocupaba del campo de La Pampa y con su esposa e hijos se instalaba seis meses allá y otros seis, acá. “Uno de los grandes problemas de mis hijos fue el colegio, confiesa. La escuela fue la gran discusión. Tomamos una maestra que les hizo hacer la primaria libre y el secundario lo hicieron en Buenos Aires. La idea mía era que los chicos agarraran el ejemplo desde chiquitos y le tuvieran respeto a la gente de campo.”

En 1971, después de la muerte del primer Bertil Grahn que pisó suelo argentino (actualmente hay otro Bertil Grahn: el varón mayor de Andino), sus hijos siguieron trabajando. Las tierras de Don Bertil quedaron divididas entre sus tres hijos: a Birgitta le quedó un campo en Bragado, mientras que Andino y Astrid compartieron el campo de La Pampa. “En ese momento comenzó a haber mucho más mercado en la zona por el turismo, así que ya empezamos a engordar acá, para vender acá mismo”, explica Andino. Siempre fuimos muy aficionados a los caballos y tratamos de criar lo mejor que pudimos. Pero el fuerte siempre fue la vaca.

-¿Cuándo comenzaron con la forestación?

-En 1963. La primera plantación fue en Mamuil Malal. Desde entonces, prácticamente todos los años seguimos plantando, pero en las partes muy malas. Nosotros tenemos una parte que es un escorial, donde ha sido la corrida del volcán, y en esas partes hemos plantado. No se puede hacer nada, probamos regarlo, como es tan poroso, pero el agua se perdía. Seguimos, a raíz de que los pinos andaban bien. Fue mérito de Eberardo Hoepke, que lo entusiasmó a papá.

- ¿Cómo siguió con la ganadería?

- Con la ganadería, tenemos toros que criamos para acá y para La Pampa. Hacemos el ciclo completo: engordamos todo. No vendemos nada flaco. Además, hace tres años que empezamos con turismo: hacemos un poco de cacería y de pesca, pero muy despacio, de boca en boca, con la gente conocida nuestra.

Los hijos de Andino entendieron perfectamente el legado que quiso transmitirles su padre: el respeto por la familia, por el campo y su gente. Hoy, los tres hijos del matrimonio Grahn - Sempere están vinculados, de una u otra manera, a la vida rural, una verdadera tradición en la familia. “Bertil trabaja conmigo acá. Está casado y tiene tres hijos, cuenta Andino. Juan Cruz -el menor- trabajó afuera y ahora está trabajando en el campo nuestro de La Pampa; se casó en noviembre. La casualidad son las chicas que se casaron con hombres de campo y también viven en La Pampa por lo que se reúnen habitualmente. Siempre fuimos muy familieros y el campo lo gozamos. Hoy tengo el orgullo de decir que hace 102 años que estamos en Mamuil Malal trabajando y produciendo, y mis nietos ya son la quinta generación.”